Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Jim echó una ojeada a la hoguera…, chisporroteaban las brasas y se alzaban opalinas cenizas al caer en ellas las gotas, de lluvia. TenÃa que recoger leña seca, ponerla a cubierto para la noche y cuidar de que no se distanciaran los caballos.
—Jim, no puedo quitarme las botas —dijo Elena—. ¿Quiere usted hacer el favor de ayudarme?
—Lo mejor será que duerma usted con ellas, tal como haré yo.
—Pero es que me duelen mucho los pies… y me parece que los tengo hinchados.
La muchacha hablase sentado en la cama, cuando Jim se apoderó de la bota que ella levantaba.
Bastante trabajo le costó el sacarla, en cambio la otra salió con facilidad.
—Las medias están llenas de agujeros… ¿No tiene usted otro par?
—SÃ…, aún me queda uno… ¡Ay! ¡Qué daño me hacen los pies…! Los tengo ardiendo… Mucho me aliviarÃa un baño… He tenido tan pocas ocasiones… Hays me traÃa a veces agua caliente…, pero daba tantas vueltas alrededor mÃo, que antes de que se marchara, ya estaba el agua frÃa.
—No hable usted de Hays, se lo ruego —dijo seca mente Jim.