Guarida de ladrones

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—Dispense…, pero ha sido tal la obsesión que durante días y noches me ha causado, que su recuerdo me pesa como una montaña de plomo —dijo ella en son de disculpa, asustada de su aspereza.

—Mire usted si tiene ampollas… Voy a darle un baño de pies de agua fría y sal.

—¿Agua fría…? Los tendré como témpanos de hielo el resto de la noche.

—Ya he puesto una piedra a la lumbre… La envolveré en un saco, y se los calentará a usted.

Trajo él una vasija con agua y se arrodilló ante la hermosa criatura, pareciéndole imposible la poca huella que los pasados sufrimientos habían dejado en aquel cuerpo.

—Nunca me ha dado un baño de pies un caballero —dijo ella con un tono de buen humor, que Jim, de puro turbado, no supo entender.

—Déjese de ceremonias y meta los pies… Tenga entendido, señorita, que esto lo hago por mera caridad y no por gusto.

Mucho ha cambiado usted desde que estábamos en el rancho —musitó ella—. De todos modos, muchas gracias —y metió los menudos pies en la vasija.


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