Guarida de ladrones

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Jim no perdió tiempo en friccionarlos con el agua y sal, hasta el punto de hacerla chillar, y lo que le faltó al masaje de suavidad, lo ganó en eficacia. Como Elena carecía de toalla, Jim le secó los pies con su pañuelo del cuello, frotándolos concienzudamente, hasta que estuvieron como dos tomates.

—Póngase usted las medias y duerma vestida —dijo él.

—Es lo único que puedo hacer. Señor Jim…, dígame… —¿Tiene usted esposa?

—¡Oh, Dios mío…! ¡No! —apresuróse a contestar él.

—¿Y novia?

Jim dejó caer la cabeza al responder:

—Tampoco… Nada que valga la nena de contarse. Era yo tan joven…, antes de, ser ladrón…

—No diga tonterías… Usted no es ladrón… Lo preguntaba porque hace usted estas cosas con tanta indiferencia… Yo creía tener los pies bonitos…, pero usted ni siquiera lo ha reparado… ¡Qué tonta soy…! Jim, no me haga usted caso…, pero tengo unas ganas de hablar… Parece que me hayan desatado la lengua…

—Hable usted mañana cuanto quiera, pero basta por esta noche… Tenernos por delante un día, con seguridad muy pesado… Espere antes de acostarse; voy por la piedra.


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