Guarida de ladrones
Guarida de ladrones De un puntapié hizo rodar el redondo pedrusco del fuego, y, envolviéndolo en un trapo, lo metió bajo las mantas, diciendo:
—Ponga usted aquà los pies.
—¡Ajajá! —exclamó ella estirándose con lento movimiento de bienestar, a tiempo que se subÃa las mantas hasta debajo de la barbilla… Sus grandes ojos eran dos enigmáticos abismos de emociones y pensamientos.
—¡A dormir!
Y después de una larga mirada, añadió él: No puedo afirmar que estemos a salvo, ni que logre devolverla a su hermano con vida, pero si nos cogen, la mataré a usted antes que me maten.
—En ambas cosas será usted mi salvador… Tan desesperada estaba yo, que ni aun rezar podÃa…, pero ahora…, ya veo que Dios… no me ha olvidado.
Casi instantáneamente se quedó dormida con el rostro iluminado por la movible llama de la hoguera y las nÃveas manos cruzadas sobre el borde de las mantas.
La mayor parte de la vida de Jim, desde que cumplió dieciséis años, la habÃa pasado en diversos campamentos, pero jamás pasó una noche comparable a aquélla. No podÃa comprender la opresión que sentÃa en el pecho, y sus pensamientos adquirÃan una asombrosa versatilidad.