Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Salió para buscar los caballos; éstos pacían tranquilamente la hierba inmediata al campamento. La lluvia seguía cayendo, aunque con menos fuerza. No había estrellas, y algunos retrasados relámpagos por la parte del desierto iluminaban con su oscilante luz negros macizos de roca y abruptas pendientes. Aún retumbaban lejanos truenos hacia el Sur. Probablemente, mañana se repetiría la tormenta. El lugar parecía aún más solitario que la guarida. Allí, el follaje y el ruido del agua rompía un poco la desolada monotonía, pero aquí no había nada. Hasta la lluvia caía en silencio.
Jim recogió una buena porción de ramas de los cedros muertos, y la llevó a la cueva para ponerla a secar. Extendió después la cama que trajo para sí. Era la que perteneció a Smoky, y Jim dedicó un piadoso recuerdo al menudo e implacable gunman, de corazón de león, que se sacrificó por salvar a sus compañeros, y ahora yacería rígido y frío entre las peñas, recibiendo el azote de la lluvia en pleno rostro. Cumplió con su credo hacia los hombres. Su credo hacia las mujeres no podía ser muy distinto.