Guarida de ladrones

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Jim seguía paseando, sin hacer caso de la lluvia. Echó más leña al fuego, y avivada la llama reflejóse en los dorados cabellos de Elena, que envolvían su blanco rostro con luminosa aureola. Jim dio suavemente unos cuantos pasos para verla más de cerca. Dormía con el sueño profundo y tranquilo de la infancia… Por extraña ilación de ideas, recordó la pálida faz de su madre muerta… Él, ya un proscrito, había arriesgado su libertad por verla y darle el último adiós… Pero aquél era un rostro demacrado por las penas y en nada semejante al de la joven dormida, indefensa que confiaba en él como hubiera podido hacerlo en un hermano.

Ejercía sus funciones de centinela, entre el vacilante fuego y la dormida muchacha, de arriba abajo y de sombra en sombra, caminando sin hacer caso de la lluvia, agachándose desvelado durante horas, siempre en guardia, tan despiadado consigo mismo como lo habría sido con los nocturnos merodeadores. Cuando por fin le rindió el sueño, fue para dormir sólo con un ojo, como las liebres.

Levantóse al amanecer, empezando por arrollar su cama. El aire estaba crudo y frío y una fina lluvia le mojó el rostro. Aún era demasiado temprano para empezar los preparativos del almuerzo, y estaba sobrado oscuro para buscar los caballos. Así, se puso a repasar los últimos acontecimientos, que parecían estar alelados por espacio mucho más largo que el de una noche.


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