Guarida de ladrones

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Para salir de aquel laberinto de peñas y broza se necesitaban por lo menos dos jornadas de a sesenta millas cada una. ¿Las soportaría Elena? Era preciso elegir entre el riesgo de comprometer su salud, y el de ser alcanzados en aquel desierto por la estación de las torrenciales lluvias. Su decisión fue instantáneamente tomada. Cuando ella no pudiera más, la llevaría en brazos, pero a toda costa era preciso alejarse de allí, antes de que empezaran las periódicas inundaciones. Toda la región, excepto las peñas, se convertirían entonces en un mar de fango, y las grandes lluvias parecían estar cerca.

Dentro de la gruta las sombras fueron adquiriendo un tono gris, a medida que aclaraba el día, y tan pronto como lo permitió la luz, acercóse Jim para mirar a Elena. Ésta seguía en la misma postura en que diez horas antes se quedó dormida. Su rostro resaltaba como una mancha blanca, sobre la oscura manta… Parecía muerta… A Jim le dio un vuelco el corazón, e inclinándose, acercó el oído, al que instantáneamente llegó la suave y acompasada respiración de la dormida. Incorporóse el hombre con ademán brusco, al darse cuenta de las peligrosas emociones que empezaban a dominarle… ¿Cuántas veces tendría que combatirlas cada día?



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