Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Jim se apresuró a salir en busca de los caballos. Todo el paisaje estaba mojado y el cielo cubierto de nubes grises, del mismo color que los peñascos y tierra de aquel desconsolador rincón del mundo. Los caballos se habían alejado, lo que le causó cierta alarma, pues aunque el riesgo fuera problemático, no le gustaba la idea de separarse de Elena. Por fortuna, siguiendo las huellas de las herraduras, encontró los cuatro caballos paciendo en un vallecito inmediato. Cogiendo el ronzal con que les había atado las patas, los trajo al improvisado campamento, repartiéndoles su ración de grano. Después, avié los caballos de carga, dejando para lo último el ensillar el bayo y el tordo.