Guarida de ladrones
Guarida de ladrones En tanto que preparaba Jim el desayuno, había acabado de romper el día, cesando la lluvia. El uniforme gris del firmamento presentaba algunos desgarrones, sin que por ellos se viera el azul. El aire estaba cargado de tormenta. Jim encontró una piedra ancha y plana en la que puso el desayuno de Elena, llevándolo junto a la cama cual si fuera en una bandeja. Entonces la llamó, no obtuvo respuesta; una segunda llamada consiguió el mismo resultado negativo, y no tuvo más remedio que darle una ligera sacudida. Al abrir ella los ojos, retrocedió Jim asustado ante la profundidad de aquellos dos abismos color de amatista. Ella despertó como en las mañanas anteriores, pero al ver arrodillado a Jim junto a su cama, cambió totalmente la expresión de los bellísimos ojos, para aumentar los tormentos del pobre muchacho.
—No me ha costado poco el despertarla a usted —dijo él—. Aquí he traído algo de alimento y una taza de café… Haga usted un esfuerzo y coma.
—Ya he oído entre sueños que me llamaba…, he sentido el contacto de su mano… y pensé… —interrumpióse de súbito e incorporándose, añadió—: Comeré aunque me sepa a serrín.
Jim consumió también su frugal almuerzo, y después recogió los enseres, dejando a mano las provisiones para la jornada.
—¿Me ha robado usted las botas, señor ladrón? —preguntó ella riendo.