Guarida de ladrones

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Apresuróse él a buscarlas junto al fuego, donde los había puesto a secar.

—Soy más ladrón de lo que usted se figura —contestó Jim.

—¡Ah…! Secas y calientes… Muchas gracias… Por mí, puede usted seguir representando su papel, Jim Wall… pero yo sé… lo que sé… ¡Ay…! ¡Qué dolorido tengo el cuerpo…! ¡Pobres huesos míos…! Pero quiero mantenerme firme hasta la muerte.

Se puso las botas, salió trabajosamente de entre las mantas y, estirándose, pidió agua caliente… Jim se la trajo, así como el paquete de sus ropas.

Ya libre para entregarse al trabajo, Jim, con metódica actividad, recogió todo menos el bulto perteneciente a Elena, que ella misma trajo, diciendo:

—Me siento mejor esta mañana.

—Veamos si puede usted montar a caballo —y Jim acercó el tordo—. Cuando esté usted en la silla, se echará el impermeable por encima.

Elena montó sin necesidad de ayuda y después, con el auxilio de Jim, se envolvió en el amplio abrigo, que la cubría hasta las botas.


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