Guarida de ladrones

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—¡Nunca, así Dios me ayude…!, y esto, a usted sola se lo debo. Elena… Aún podré ser feliz… pero basta de mí… Recobra usted las fuerzas por momentos y… está más hermosa que nunca… Pero aún estamos en el desierto de Utah, con sus extraños misterios, sus canales subterráneos… y su maldito Diablo Sucio… He convenido con Tasker en que engancharemos dos caballos al más ligero de sus carros; tomando la carretera, no tardará en llegar a Gran Unión.

Callóse Jim y Elena separó las manos del rostro, dejando ver sus ojos húmedos de lágrimas, y con una mirada que hizo huir a Jim.

—¡Espere usted…! ¡Por favor! —gritó ella mientras su salvador, a paso largo, iba hacia la empalizada. Pero no se detuvo ni volvió… Todo lo podía soportar, menos ser objeto de lástima para ella.

Esta vez se encaminó a la solitaria montaña que se había prometido visitar. Tuvo que vadear la profunda corriente que atravesaba el valle… Se encontró con que el gigante negro estaba más lejos y era más alto de lo que le pareció desde la vivienda. Lo que él tomó por cima, sólo era el rocoso borde desde el que se alzaba una loma que subía gradualmente, hasta terminar en puntiaguda mole de piedra.

Por fin, con la respiración fatigosa y cubierto de sudor, logró trasponer el peligroso reborde para quedar suspenso por la vista que tenía delante.


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