Guarida de ladrones
Guarida de ladrones Los salvajes peñascales, la misteriosa región de los escarpados cañones y desfiladeros, de matices liláceos, teniendo por fondo las formidables y negras montañas Henry, componían un panorama de imponderable y siniestra grandiosidad.
Mucho más lejos elevábase la especie de colosal pirámide que tanto le obsesionó desde lejos, y de la que sólo había visto la parte superior. Aquel gigante solitario producía un efecto indescriptible. Jim se había pasado días y semanas enteras contemplándole en la forzada ociosidad de los tristísimos tiempos de la guarida. Para él significaba entonces no sólo la libertad, sino lo inalcanzable. Y ahora no sólo disfrutaba de la primera, sino también de algo que simbólicamente había alcanzado. Desde la base de la montaña en que estaba, extendíanse abismos, de leguas de anchura, que iban a parar a aquel fenómeno de la Naturaleza, situado en el centro de una vasta planicie despojada de vegetación, y en la que un suelo pedregoso y engañador a la vista iba estrechándose durante millas y millas, hasta formar las primeras estribaciones en la base del inverosímil monumento natural.
Tan portentosa creación, fuese de la Naturaleza o del Todopoderoso, recordaba a Jim su propia vida, soberbia, estéril y solitaria, destinada a desmoronarse un día, sin dejar nada tras de sí.