Guarida de ladrones

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Pero algo en su interior le decía que él era más que aquella absurda aglomeración de rocas. Él tenía un corazón, un cerebro, una voluntad y un alma; era una criatura consciente, y había logrado desprenderse de lo que le sujetaba al abismo, y elevarse gracias a un amor de una magnitud desconocida hasta para muchos hombres mejores que él.

Cuando regresó, ya era tarde; la luna brillaba en todo su esplendor, y los Tasker se habían retirado a disfrutar del merecido descanso. Oyó Jim que le llamaban por su nombre, y suavemente, sin ruido, acercóse a la cama de Elena, que le dijo en voz muy baja:

—No volvió usted… aunque le llamé… y no podía dormir… Tengo que decirle… algo importante…

Él, sin contestar, sentóse sobre el mismo lecho, y cogió entre sus manos la que le tendía Elena, mirando el blanco rostro con los fascinadores ojos de amatista.

—¿Es su verdadero nombre Jim Wall? —preguntó ella.

—No. Si quiere usted, le diré cómo me llamo.

—¿Es usted libre?

—¿Libre? ¿Qué quiere usted decir…? Sí, naturalmente… soy libre.

—Me ha presentado usted como su esposa… a esta buena gente.


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