Guarida de ladrones

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—Si la dejo a usted, después de haberla puesto en buenas manos, podré irme en paz a Arizona u otro Estado, volver a mi antigua profesión de cowboy y ser feliz con el recuerdo de haberla servido y de que el amor que le tengo me haya dado fuerzas para renunciar a la mala vida. Pero si vuelvo al Rancho de la Estrella, y la veo cada día y… y…

—Y damos largos paseos a caballo —insinuó ella.

—Y damos largos paseos a caballo —repitió él con voz ahogada—. Eso, como decía usted antes, será un poco fuerte para mí… Será inaguantable… y después de todo, yo no soy más que un hombre.

—Los corazones cobardes no agradan a las mujeres —dijo ella retirando la mano y volviendo el rostro, y en tono aún más bajo añadió—: Yo, en su lugar, me arriesgaría a ello.

Jim abarcó de una mirada el correcto perfil, los entornados ojos, el ondulado cabello, al que la luna daba tonos de platino, y, con el corazón destrozado, se alejó en silencio.


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