Guarida de ladrones

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Se separaron. Jim encaminóse con paso cauto a la cuadra. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, aceleró un poco la marcha, cuidando de no pasar cerca de ninguna pared ni grupo de árboles. Nada, sin embargo, justificó estas precauciones y, ya en la cuadra, encontró su impedimenta en el mismo sitio en que la había dejado. Extendió su cama al aire libre, y echóse en ella sin más que aflojar el cinturón de cuero del que pendía la pistola.

Entonces desfilaron por su mente los acontecimientos del pasado día, y aunque ningún placer le causaron, le pareció que debía alegrarse de haber caído en manos de Hays, y sus compinches. Durante tanto tiempo había vivido como un lobo solitario que la compañía de seres humanos, por malos que fueran, le parecía grata. De antemano estaba seguro de que pronto volvería a la vida errante. No podía parar en ningún lado. Había tenido algunas buenas colocaciones y le gustaba la tranquilidad… Pero ésta no existía en ninguna parte para Jim Wall, y lo mismo sería en Utah. En raras ocasiones retrocedía su mente hasta los tiempos en que la existencia le parecía llena de interés y encanto… Después hablase enfurecido su alma. Por el momento se hallaba en el umbral de otra aventura, al parecer extraordinaria hasta para él, y esta idea le mantenía desvelado, convencido de que por recompensa no encontraría más que nuevos resentimientos y decepciones.


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