Guarida de ladrones

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El jinete necesitaba llegar a ella antes del anochecer. Su repuesto de víveres va hacía dos días que estaba agotado, pero a menos de que encontrara una barca, no podría realizar su deseo, por no estar su caballo en condiciones de aventurarlo en las revueltas aguas de aquel río cargado de movediza arena.

Siguió bajando la carretera hasta llegar adonde principiaba la vegetación. Los cascos de su caballo levantaban nubes de polvo, y en la espesa capa de éste, que cubría el suelo, sus penetrantes ojos descubrieron recientes huellas. Al entrar en el bosque de algodoneros, observó que el fresco verdor de sus hojas estaba también cubierto de polvo. Indudablemente, no había llovido desde mucho tiempo atrás en la comarca. A medida que avanzaba, el olor de agua fresca fue sobreponiéndose al del polvo. De súbito, el jinete descubrió un caballo ensillado que a cierta distancia pacía tranquilamente la hierba nacida en la tierra del bosque, y un poco más lejos divisó un hombre junto a la orilla del río, antes de que el desconocido lo viera a él. Casi simultáneamente salió a un claro, desde el cual distinguió un paradero de transbordador. Un rudo cable, sujeto a un árbol, se alargaba por encima de su cabeza a través del río, combándose en el centro. Anclada en la ribera opuesta, estaba la embarcación.


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