Guarida de ladrones
Guarida de ladrones —SÃ.
—¿De dónde viene?
—Supongamos que de Wyoming —repuso el joven con indiferencia.
El desconocido, echándose a reÃr, observó:
—Dice usted bien; ¿qué más da un sitio u otro? Lo mismo que los nombres: el mÃo es Hank Hays.
Lo pronunció como quien espera causar sensación en su interlocutor, pero éste, sin reaccionar lo más mÃnimo, preguntó tras de una pausa:
—¿Conoce usted el paÃs?
—Bastante.
—¿PodrÃa decirme si me conviene detenerme o seguir de largo? —inquirió frÃamente el dueño del bayo.
—¡Hombre…! Sà que puedo; pero eso depende… —contestó el interrogado echándose el sombrero atrás. La acción dejó descubierto un rostro de expresión audaz, que para el jinete era como una página escrita, cuya única dificultad estaba sólo en sus estrechos, grises y escrutadores ojos.
—¿Depende de qué? —preguntó el otro.
—De usted… ¿Lleva dinero?
—Unos diez dólares.
