Guarida de ladrones

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Naturalmente, no había sitio en el valle que estuviera desprovisto de encanto, pero la situación de aquella barraca era verdaderamente ideal para gente de a caballo. Hays tenía su corral particular. Cuando Jim se encaminó hacia esta vivienda, su penetrante vista distinguió varios hombres que, apoyados en la pared, le miraban en silencio con evidente curiosidad. También observó que había un buen repuesto de leña almacenada en el portal.

—Ya estamos en casa, Wall —anunció Hays—, y si no te das por satisfecho, serás muy difícil de contentar. Agua fresca, abundancia de carne de vaca, ternera y cordero, caza mayor y menor, mantequilla para las tostadas y leche a discreción. Lo mejor de todo es que el trabajo no mata… ¡Ja…! ¡Ja…!

—¿Dónde nos instalamos? —preguntó Jim.

—Tú, en la planta baja con los demás; yo me reservo la buhardilla.

—Si no te opones, dejaré ahí dentro la impedimenta, pero prefiero dormir bajo los pinos —contestó Wall.

Cuando, por fin, entró éste con su bagaje en la barraca, Hays le dijo:

—Aquí tienes al resto de mi grupo… Compañeros, os presento a Jim Wall, procedente de Wyoming.

El recién presentado dio las buenas tardes, y allí acabaron las ceremonias.


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