Guarida de ladrones

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Hays púsose en seguida a conferenciar con los cuatro hombres que allí había, Happy empezó los preparativos para la cena y Brad ocupóse de su equipaje. Jim instaló el suyo en un rincón, y después salió para buscar sitio donde dormir. Fiel a su larga costumbre, originada por una decidida necesidad de estar alerta, prefería dormir siempre en escondrijos, como los conejos o cualquier otro animal que necesita protección, y no pensaba desprenderse de este hábito, mientras estuviera en compañía de Hank Hays y sus secuaces. La impresión que éstos habían causado en él distaba mucho de ser satisfactoria. El ranchero que tomaba aquellos cenceños y siniestros bandidos por vaqueros, forzosamente había de ser muy ignorante del oficio, o tener el juicio trastornado. Esto hacía más viva la curiosidad que sentía por conocer al ranchero inglés. Por fin encontró un sitio a pedir de boca, entre dos peñascos. La pinocha cubría el suelo, proporcionando mullido colchón, y apenas llegaba el murmullo del agua. Jim no habría establecido sus reales donde el ruido del torrente o cualquier otro pudiera estorbar el funcionamiento de su fino oído. Aun no contaba con enemigos en la cuadrilla, pero instintivamente desconfiaba de Lincoln, y es seguro que desconfiaría también de los otros, a medida que los fuera conociendo. Sólo Hays parecía la personificación del honor, según lo entienden los ladrones, y Jim había llegado al convencimiento de que se podían esperar grandes hechos de aquel ladrón.


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