Huracán

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Encogióse de hombros y rechazó la Idea de seguir la corriente impetuosa, cambiante, inacabable del rojo, proceloso y atronador río. Desdeñó también la hosca masa de rocas encarnadas que se escalonaban melladas, desgajadas y abiertas por las barrancas, porque estaban llenas de desolación. En cambio le atraía el dilatado valle cubierto de salvia, levemente ondulado y extendido con su gris suavidad hasta morir al pie de las montañas y desvanecerse en las arreboladas lomas del horizonte. No podía explicarse Lucía qué era lo que estaba anhelando; no sabía por qué el desierto la atraía y solicitaba; no podía precisar cuál era la afinidad de su espíritu con aquel panorama, pero sentía con toda claridad, unidos en uno solo, estos tres sentimientos en el fondo del corazón. Durante diez años seguidos, todos los días de su vida pudo contemplar aquel deserto paisaje, y nunca lo encontró alterado en lo más mínimo y, sin embarco, siempre le pareció diferente. Diez años, durante los cuales había crecido contemplando, sintiendo y asimilándose todos los matices de aquella naturaleza, amando sus perspectivas, hasta llegar a no sentirse feliz sino en medro de aquella atmósfera, de aquellos colores, de aquella libertad, de aquella selvatiquez. En aquel día de su cumpleaños, las personas que la amaban le habían dicho que empezaba a ser dueña absoluta de sí misma, y ella reconoció entonces la voz del desierto, que para siempre la llamaba. Y esto le procuró una profunda, sazonada y rara sensación de felicidad.


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