La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Capítulo VI

Ala mañana siguiente, Duane estaba de muy mal humor. Deseoso de soledad, salió siguiendo un sendero que conducía al acantilado del río. Habíase sumido en sus reflexiones y, al fin, puso en claro que todo su mal humor debíase a que no acababa de resignarse con su destino. Le daba horror la posibilidad de la suerte que carecía aguardarle. No podía creer que no hubiese esperanza. Mas, por otra parte, no sabía, en realidad, qué podría hacer.

Tenía la suficiente inteligencia y agudeza para comprender el peligro en que se hallaba y que amenazaba, al mismo tiempo, su vida y sus sentimientos. Pudo descubrir que le importaba mucho más el honor y la honradez que la misma vida. Y se dijo que no le convenía estar solo, pero no dejaba de darse cuenta de que, de un modo inevitable, habría de pasar muchos meses y aun años en completa soledad. También le preocupó otra cosa: a la brillante luz del día no podía recordar su estado mental del crepúsculo o de la noche. Mientras lucía el sol, aquellas apariciones tenían para él su valor verdadero es decir, que no eran más que fantasmas de su conciencia y podía olvidarlos con facilidad. Y apenas podía recordar o creer que aquel hecho extraño de la fantasía o de la imaginación fuese capaz de turbarle, de hacerle sufrir, impidiéndole conciliar el sueño.


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