La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —Poco tiempo te queda para pensarlo. La sangre de tu padre te enajena. Hoy no eres el mismo. Antes te enfadabas fácilmente, y dejándote llevar del genio te deshacÃas en dicterios y amenazas. Entonces no me inspirabas temor alguno. Ahora, por el contrario, con tu frialdad y serenidad, siempre pensativo, tienes una mirada que no me gusta. Me recuerdas mucho a tu padre.
—Quisiera saber lo que me aconsejarÃa él si estuviese aquà —observó Duane.
—No es difÃcil adivinar. ¿Qué consejo podrÃa esperarse de un hombre que se pasó veinte años con la mano siempre presta a empuñar el revólver?
—Lo cierto es que no habrÃa hablado mucho, porque mi padre no malgastaba el tiempo en palabras. En cambio, habrÃa actuado pronto y bien. Creo, por consiguiente, que lo mejor será que baje al pueblo y proporcione a Cal Bain la oportunidad de verse conmigo.
Siguió un largo silencio, durante el cual Duane permaneció sentado, con los ojos fijos en el suelo, mientras su tÃo, que parecÃa estar reflexionando acerca del oscuro porvenir, se volvió de pronto hacia Duane con la expresión del hombre que acepta resignadamente lo inevitable.