La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —Tienes el caballo más veloz de la región. Después de encontrarte con Cal Bain, no te entretengas y vuelve pronto a casa. Voy a prepararte unas alforjas y te tendré el caballo ensillado y a punto de emprender la marcha.
Dicho esto, giró sobre sus talones y se metió en la casa, dejando a Duane en libertad de resolver lo que quisiera y de interpretar a su gusto las palabras que acababa de pronunciar. Buck se preguntó entonces si compartía la opinión de su tío acerca del resultado de su encuentro con Cal Bain. Sus ideas eran vagas; pero en el instante de la decisión final, cuando determinó ir en busca de Bain, se apoderó de él tal coraje, que se estremeció como a impulsos de la fiebre. Tal agitación, sin embargo, era puramente interna, estaba dentro de su pecho; su mano, al contrario, continuaba firme y quieta, sin que ni uno sólo de sus músculos temblara lo más mínimo. No temía a Bain ni a hombre alguno en el mundo. Experimentaba, en cambio, un vago temor de sí mismo, que le obligaba a reflexionar acerca de las consecuencias de sus actos. Era como si él no pudiese decidirse acerca de aquel asunto, como si todas las fibras de su ser se resistieran, pero una voz, o un espíritu externo, algo independiente de sí mismo, le obligaba a obrar. Aquella hora de la vida de Duane equivalió a muchos años de una existencia cualquiera, y ella sola bastó para convertirle en hombre reflexivo.