La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Se metió en la casa y se ciñó la pistolera con el Colt de seis tiros, de gran calibre; arma muy pesada, que tenía la empuñadura de marfil. Habíala usado con frecuencia durante cinco años. Antes fue propiedad de su padre. En las cachas había cierto número de muescas. Aquel revólver era el mismo que su padre disparó dos veces, con el corazón atravesado por un balazo, y su mano se crispó con tal fuerza apretando el arma al perder la vida, que costó un trabajo enorme desprenderla después de sus dedos. Y desde que llegó a ser propiedad de Duane, jamás había apuntado a un hombre. Sin embargo, el frío y brillante pulimento del arma demostraba que se había usado. Duane era capaz de empuñarla con inconcebible rapidez y, a seis o siete metros de distancia, podía partir en dos un naipe de canto.
El joven deseaba evitar el encuentro con su madre. Por fortuna, recordó que en aquellos momentos no estaba en casa. Recorrió arriba y abajo el sendero que conducía a la puerta del cercado. El ambiente estaba saturado del aroma de las flores y lleno de las melodías de los pájaros. En el camino se tropezó con una vecina que hablaba con un campesino, sentado en un carro; le dirigieron la palabra, pero, aunque les oyó, no quiso contestarles.