La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Capítulo VIII

Que contraste el de la tarde de aquel día con el estado de alma de Duane.

El sol poniente, en la gloria de su maravilloso ocaso, pareció inmovilizarse por un momento en las distantes montañas mejicanas; lentamente apareció luego el crepúsculo y la débil brisa empezó a soplar, fresca y agradable, desde el río; el último arrullo de unos palomos y el tintineo de un cencerro eran los únicos sonidos que se percibían; una paz llena de augusta serenidad se extendía sobre el valle.

Pero Duane sentía una gran lucha en su interior. Aquel tercer desafío con un bandido le dejó mohíno y desasosegado. Los resultados no fueron fatales, pero a punto estuvo de suscitarse una pendencia mortal. El lado mejor de su carácter parecía inducirle a morir, antes de continuar luchando o desafiando a unos hombres ignorantes, desgraciados y salvajes. Pero la sangre bélica que corría por sus venas era tan poderosa, que hacía enmudecer a la razón y a la conciencia. No podía remediarlo. Aquello le causaba intensa pena, pues parecía alejar de sí toda esperanza de salvación. Recordaba a Jennie y la desesperación invadía su espíritu.


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