La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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El garito era espacioso y estaba lleno de parroquianos, de ruido y de humo. En cuanto él apareció se hizo el silencio, gracias al cual se pudo oír el tintineo de los pesos de plata mejicanos en una mesa del monte. Sol White, que estaba detrás del mostrador, se irguió al ver a Duane; mas luego se inclinó, sin pronunciar palabra, a fin de limpiar un vaso. Todo el mundo, a excepción de los jugadores mejicanos, volvió los ojos hacia Duane, quien tuvo que soportar pacientemente todas aquellas miradas duras, inquisitivas, curiosas. Aquellos individuos sabían perfectamente que Bain deseaba armar camorra; era probable que incluso hubiesen oído con gusto sus bravatas. Pero ¿qué se proponía Duane? Entre los rancheros y cowboys que había en el local se cambiaron algunas miradas. Todos los hombres que iban armados con revólver habían juzgado ya a Duane con el infalible instinto de Texas. Aquel muchacho era digno hijo de su padre. Le saludaron y volvieron luego a sus bebidas o a sus naipes. Sol White estaba en pie, con sus enormes y rojizas manos apoyadas en el mostrador del bar; era un tejano de elevada estatura, membrudo y anguloso, cuyo rostro se adornaba con largo bigote de puntas afiladas con cosmético.

—¡Hola, Buck! —dijo dirigiéndose a Duane. Hablaba sin mirar, como indiferente.


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