La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Los dos hombres se levantaron temprano y guardaron extraño silencio entre sÃ, dominados como estaban por el presentimiento de la inevitable y comprometida situación en que iban a verse muy en breve, pues habÃa llegado el momento de poner en práctica sus planes, cuidadosamente elaborados. Resultaba notable que un hombre tan locuaz como Euchre pudiese contener de tal modo su lengua; aquello, más que otra cosa, demostraba el firme propósito que le animaba. Durante el desayuno pronunció algunas palabras relacionadas con la comida y al terminarla dijo como si quisiera resumir una discusión:
—Bueno, Buck, cuanto antes mejor. Si queremos sorprender a Bland conviene no entretenerse lo más mÃnimo.
—Estaré dispuesto cuando usted diga —replicó Duane con acento tranquilo poniéndose en pie.
—Pues bien, en tal caso, ensille los caballos —dijo Euchre con mal humor—. Cargue los dos fardos que be preparado uno en cada silla. No se sabe lo que puede ocurrir. Es posible que cada caballo tenga que llevar dos personas. Por suerte son animales vigorosos. Sin duda apreciará usted mi prudencia al preparar los caballos.
—Creo, Euchre, que no tiene usted por qué intervenir. Tal vez se ha comprometido ya demasiado. Deje que yo me encargue del resto —dijo Duane.
El viejo proscrito le miró con sarcasmo.