La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Duane salió a la calle y volvió a examinarla con la mayor atención. Recorrió toda la manzana y encontró a muchas personas, entre las cuales había granjeros, propietarios de ranchos, empleados, comerciantes, mejicanos, cowboys y algunas mujeres. ¡Cosa curiosa! Cuando se volvió con ánimo de retroceder, la calle estaba casi yacía y pocos momentos después estaba completamente desierta. Sólo algunas cabezas se asomaban por puertas y esquinas. Con frecuencia sucedía lo mismo en las calles de Wellston, porque si los tejanos luchaban como obedeciendo a un instinto, también de un modo instintivo advertían la proximidad de una lucha a tiro limpio. Era imposible que los rumores viajasen con tal celeridad. En menos de diez minutos, todos los que se hallaban en la calle o en los establecimientos estaban ya enterados de que Buck Duane había bajado al pueblo para salir al encuentro de su enemigo.
Duane siguió andando. Al llegar a unos cincuenta pasos de un garito dio media vuelta rápida para situarse en el centro de la calle, se paró allí un momento, luego continuó avanzando y volvió a la acera. De este modo recorrió todo un lado de la manzana. Sol White estaba en pie a la puerta de su establecimiento.
—Oye, Buck, voy a darte una noticia —dijo en voz baja—. Cal Bain está ahora en casa de Eyerall. Y si te busca, según alardea, allí puedes salir de dudas.