La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Si Bain estaba borracho, nada habÃa en su actitud ni en sus movimientos que lo denotara. Avanzó con aire de perdonavidas, disminuyendo rápidamente la distancia que le separaba de su enemigo. Con el rostro enrojecido y sudoroso, descubierto, revuelto el cabello, y la maligna expresión de su desencajado rostro, su aspecto era verdaderamente siniestro. HabÃa matado ya a un hombre y su aire de jaque y bravucón lo revelaba claramente. ExtendÃa ambas manos hacia su enemigo; la derecha algo más baja que la izquierda. A cada paso gritaba pronunciando palabras rencorosas y horribles maldiciones. Fue andando cada vez más lentamente, hasta detenerse en seco. Los dos hombres se hallaban a una distancia de veinticinco pasos.
—¿No habrá manera de hacerte empuñar el revólver, maldito…? —gritó con expresión feroz.
—No he de ser yo el primero —replicó Duane.