La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre La mano derecha de Bain se contrajo, sus dedos se movieron. Duane, entonces, empuñó el revólver con la misma rapidez con que un niño arroja una pelota al suelo; de su padre habÃa aprendido esta destreza en empuñar el arma. Disparó dos veces con tal celeridad, que casi no se percibió más que una sola detonación. Bain disparó todavÃa, antes de caer; pero no tuyo tiempo de levantar el brazo y la bala se incrustó en el suelo, cubriendo de polvo y arena los pies de Duane. Cal se desplomó en seguida, como un fardo, sin hacer la más mÃnima contorsión.
La realidad se impuso a Duane con la fuerza de los hechos consumados. Avanzó con el revólver dispuesto, para prevenir cualquier movimiento de Bain, por pequeño que fuese. Pero éste se hallaba tendido de espaldas y sólo movÃa el pecho y los ojos. ¡Cuán pálido y desencajado estaba! La expresión amenazadora de antes habÃa desaparecido por completo. También se desvanecieron los efectos de la bebida. Bain conservaba el conocimiento. Quiso hablar, pero no pudo. Sus ojos expresaron algo muy humano y triste. Cambiaron de expresión, se escondieron en seguida bajo los párpados y quedaron en blanco.
Duane lanzo un suspiro y volvió a meter el revólver en su funda. Estaba tranquilo y hasta contento por haber terminado un asunto enojoso. Una sola expresión brotó de sus labios:
—¡Idiota!