La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Duane no podÃa apartar de sà el recuerdo horripilante del moribundo. ¡Ah, si él hubiese podido imaginarse a tiempo lo que era matar a un hombre! La cosa, no obstante, ya no tenÃa remedio y el cuitado se consolaba pensando que habÃa librado a la sociedad de un ser innoble, borracho, fanfarrón y camorrista.
Cuando, al llegar a la puerta de su casa, vió a su tÃo sosteniendo a un fogoso caballo debidamente aparejado y cargado con provisiones, cuerdas y todo lo más indispensable, Duane sintió oprimÃrsele el corazón. Hasta aquel momento no se habÃa dado cuenta de las consecuencias de su acto, pero al ver el caballo y al notar la mirada de su tÃo, recordó que, en adelante, tendrÃa que andar siempre fugitivo. Una cólera irreprimible se apoderó de él.
—¡Todo por ese imbécil! —exclamó—. El encuentro no ha sido muy terrible, tÃo Jim; Bain no ha hecho más que llenarme las botas de polvo. ¡Y pensar que por eso tengo yo que huir!
—¿De modo que lo has matado, hijo? —pregunto con voz ronca el tÃo.
—SÃ, cayó al suelo y murió a los pocos segundos. Hice con él lo que él pretendÃa hacer conmigo.
