La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Notó que estaba nervioso, inquieto y sin sueño. Aquello le sorprendió y empezó a reflexionar en lo pasado, con propósito de analizar sus últimos actos y los motivos que le impulsaron a obrar. El cambio que en su vida trajo un solo día le tenía asombrado. Él, que siempre gozó de libertad absoluta y que estuvo alegre y satisfecho, especialmente cuando se hallaba en pleno campo, en pocas horas se sintió rodeado de grandes preocupaciones, perdida la alegría para siempre. El silencio, que en otro tiempo le pareció muy agradable, no tenía para él ya más ventaja que la de permitirle oír mejor, y desde más lejos, a sus perseguidores. La soledad, la noche y el desierto, que siempre le sedujeron, ya no tenían para él otra significación que la de la seguridad. Prestó atento oído y se esforzó en escrutar las sombras, entregándose luego a sus pensamientos. Estaba fatigado, pero no tenía ningún deseo de descansar. Proponíase reanudar la marcha al amanecer, en dirección sudoeste. ¿Tenía pensado adónde habría de ir? Sus ideas sobre este punto eran vagas, como vago e inseguro era también el conocimiento de la enorme extensión de terreno, cubierto de mezquites y rocas, de las proximidades del Río Grande. Por allá encontraría, sin duda, un buen refugio. Y recordó, con pena, que era un fugitivo de la justicia, un criminal.