La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Regresó a Fairdale y acampó entre los mezquites hasta el día veintitrés. Aquellos pocos días que pasó allí le parecieron interminables. No podía pensar en otra cosa sino en que lenta e inexorablemente se acercaba la hora en que se vería obligado a deshonrar el nombre de la mujer que amaba. Durante el tiempo que pasó esperando llegó a convencerse de que el amor era también un deber. Cuando, por fin, amaneció el último día descendió por la fragosa pendiente, haciendo rodar las piedras y aplastando las matas, mientras sentía en sus oídos un ruido que no era el viento, como si corriese algo a su espalda.
Al parecer, una parte de su mente estaba fija de un modo inalterable en el cumplimiento de su deber, en tanto que en la otra reinaba la mayor confusión de ideas y de sensaciones. No podía recobrar la tranquilidad, y tal vez de un modo involuntario, a cada momento aceleraba su marcha, porque el movimiento le proporcionaba cierto alivio; pero cuanto más avanzaba, más duro le parecía continuar. ¿Acaso su deber le obligaría a volver la espalda al amor, a la felicidad, tal vez a la misma vida?
