La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Era inútil seguir adelante hasta que no estuviese absolutamente seguro de sí mismo. Llegó a sospechar que el empeño que perseguía no podría llevarse a cabo de acuerdo con sus propósitos y sus esfuerzos. Se aferró a tal idea y algunas veces disminuyó el paso y hasta se detuvo, aunque para continuar la marcha inmediatamente. Por fin, mientras ascendía hacia una pequeña altiplanicie, apareció Fairdale, luminosa y verde, a muy poca distancia y aquel espectáculo pareció contenerle. En la altura había unos mezquites y él buscó su sombra. Era mediodía, el sol brillaba con fuerza y no soplaba el viento. Comprendió la necesidad de decidir allí mismo su conflicto. No se reconocía y no podía tampoco recobrar su antigua personalidad; no era el mismo de antes. Pero ahora pudo ya comprender la razón. Se debía a Ray Longstreth. Por todos lados le asaltaba la tentación. Le parecía imposible que aquella mujer llegase a ser su esposa, pero tal idea le asediaba sin cesar. Llegó incluso a imaginarse su hogar. Se vio a sí mismo a caballo, a través de los algodoneros, de los arrozales y cañaverales, de regreso a una antigua y señorial mansión en donde unos perros de largas orejas ladraban alegres para darle la bienvenida y una mujer que esperaba su llegada salía a su encuentro con una sonrisa de felicidad en el rostro. Incluso había niños. Esta idea agitó los más profundos sentimientos del corazón de Duane. ¡Habría niños, y Ray sería su madre! Aquélla era la vida que deseó siempre el solitario proscrito, sin esperanza de alcanzarla. Y comprendió y sintió perfectamente la imposible realización de su deseo.