La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —¡Cállate, estúpido egoÃsta! —exclamó Longstreth con amargo desdén—. No piensas más que en ti y en que pierdes a mi hija. ¡Piensa siquiera una vez en mÃ!, ¡en mÃ!, ¡en mi casa, en mi vida!
Entonces comprendió Lawson la relación que, de un modo sutil, acababa de señalar Longstreth. Era evidente que por medio de la joven, su padre y su primo serÃan vÃctimas de una traición. Duane tuvo tal impresión, aunque no estaba seguro de su certeza. Los celos dominaban a Lawson.
—¡Váyase usted al demonio! —exclamó éste frenético, con voz incoherente—. ¡Esa mujer será mÃa o de nadie!
—Pues te aseguro que no la tendrás —exclamó Longstreth con voz estridente—. Antes se la daré a ese guardia rural que a ti.
Mientras Lawson soportaba aquel golpe, Longstreth se inclinó hacia él en actitud amenazadora.
—Tú has hecho de mà lo que soy —siguió diciendo Longstreth—. Te apoye y te ampare. En realidad, eres tú Cheseldine. Pero ahora ha terminado todo y te abandono, porque estoy derrotado.
Los rostros de aquellos hombres se inmovilizaron como si fuesen de piedra, a pesar de la ira que les dominaba.