La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —La señorita Longstreth ha estado casi constantemente una enfermera, le curaba las heridas. Hace pocas noches, Duane, se puso usted tan mal, tanto, que yo creo que solamente gracias al ánimo de ella pudo usted volver a la vida. ¡Oh! Es una joven estupenda. Sepa usted, Duane, que no perdió nunca el ánimo ni el valor. En fin, ahora vamos a llevarle a usted a su casa y ella nos acompañará inmediatamente después de la lucha final, el coronel Longstreth salió para Louisiana. Yo se lo aconsejé, porque aquà estaban los ánimos muy excitados. Era mejor que se marchara cuanto antes.
—¿Tengo… alguna… probabilidad… de restablecerme?
—¡Ya lo creo! —exclamó el capitán—. Se pondrá usted bien. De todos modos, llevará durante toda la vida una buena cantidad de plomo en el cuerpo. Pero eso se puede resistir. Debe saber usted, Duane, que todo el Sudoeste conoce su historia. Nunca más tendrá que avergonzarse de su nombre. Ha desaparecido ya por completo su fama de proscrito, porque Texas está convencida de que siempre fue usted un guardia rural secreto. En la actualidad es usted un héroe. Por consiguiente, puede ya pensar en su hogar, en su madre, en esa noble joven y en su porvenir.
Los guardias rurales llevaron a Duane a su casa de Wellston.