La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —Me parece innecesario preguntar al hijo de Duane si mató a su enemigo —observó Bland con irónico acento—. Bueno, siento mucho que haya llegado usted a mi campamento para ser mal recibido por uno de mis hombres. En vista de ello, creo que serÃa muy prudente, por su parte, no exhibirse demasiado por aquÃ.
—¿Debo entender que, con la mayor cortesÃa, me indica usted la conveniencia de que me marche? —preguntó tranquilamente Duane.
—No es eso precisamente —contestó Bland, irritado, al parecer—. Si existe algún lugar libre en la tierra, con seguridad es este. Aquà todos somos iguales. ¿Quiere usted ingresar en mi banda?
—No, señor.
—Bueno, aunque lo hiciera usted, eso no contendrÃa a Bosomer. Es un hombre de muy mal carácter. Uno de los pocos pistoleros que conozco que siempre está deseoso de matar a alguien. Los hombres como él tienen, a veces, motivos agradables; pero Bosomer siempre está del mismo humor y todo lo ve rojo. Por eso, y en su propio beneficio, le aconsejo que no se entretenga por estos lugares.
—Gracias; pero si no es más que eso, me quedare —replicó Duane, quien, mientras hablaba, comprendÃa que no se conocÃa a sà mismo.