La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre Entre todos los bandidos presentes, Euchre parecÃa ser el más inclinado a demostrarle sus sentimientos amistosos; guió a Duane y los caballos hacia una cabaña de adobe. Ató los últimos bajo un cobertizo y les quitó las sillas. Luego, tras recoger las armas de Stevens, invitó al joven a entrar en la casa.
Ésta tenÃa dos habitaciones, las ventanas carecÃan de postigos y el suelo era de tierra. Una de las estancias contenÃa mantas, armas, sillas y bridas; la otra, un hogar de piedra, una mesa y un banco muy toscos, dos literas, un armario hecho con cajones, y varios ennegrecidos utensilios de cocina.
—Considérese usted en su casa, mientras quiera permanecer aquà —dijo Euchre—. No soy rico en bienes terrenales, pero le ofrezco cuanto poseo y le doy la bienvenida a mi casa.
—Muchas gracias. Me quedaré aquà para descansar. Estoy derrengado —replico Duane.
—Pues vaya usted a dormir. Yo me encargaré de llevar sus caballos a pacer.