La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Capítulo V

Entre todos los bandidos presentes, Euchre parecía ser el más inclinado a demostrarle sus sentimientos amistosos; guió a Duane y los caballos hacia una cabaña de adobe. Ató los últimos bajo un cobertizo y les quitó las sillas. Luego, tras recoger las armas de Stevens, invitó al joven a entrar en la casa.

Ésta tenía dos habitaciones, las ventanas carecían de postigos y el suelo era de tierra. Una de las estancias contenía mantas, armas, sillas y bridas; la otra, un hogar de piedra, una mesa y un banco muy toscos, dos literas, un armario hecho con cajones, y varios ennegrecidos utensilios de cocina.

—Considérese usted en su casa, mientras quiera permanecer aquí —dijo Euchre—. No soy rico en bienes terrenales, pero le ofrezco cuanto poseo y le doy la bienvenida a mi casa.

—Muchas gracias. Me quedaré aquí para descansar. Estoy derrengado —replico Duane.

—Pues vaya usted a dormir. Yo me encargaré de llevar sus caballos a pacer.


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