La Fuerza de la sangre

La Fuerza de la sangre

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Euchre dejó a Duane solo en la casa. El joven se desperezó y, con gesto maquinal, se limpió el sudor del rostro, presa de una especie de pasmo o sorpresa, que tardaba en desaparecer. En cuanto se tranquilizó un tanto se quitó la chaqueta y el cinturón y se acomodó entre las mantas. Y pensó que si descansaba o dormía, eso no cambiaría en nada lo que había de ocurrirle al día siguiente. Ni el descanso ni el sueño podrían alterar el aspecto poco seductor del porvenir. Se alegró al ver que Euchre entraba y empezaba a ir de un lado a otro, y por primera vez se fijó en aquel hombre.

Euchre no era joven. Su cabello, escaso, era gris y llevaba afeitado su arrugado rostro; miraba con ojos semicerrados, a consecuencia de la larga costumbre de hacerlo a la luz del sol y por entre el polvo. Aquel hombre se inclinó y, a pesar de que su cuerpo era flaco, el joven pudo darse cuenta de que poseía un vigor y una resistencia extraordinarios.

—¿Quiere usted beber o fumar? —preguntó.

Duane meneó la cabeza. Había bebido a veces una copita de whisky y también, desde los dieciséis años, fumó con moderación. Mas ahora, si bien le pareció raro, hallaba desagradable la idea de apelar a los estimulantes. No comprendía claramente sus sentimientos. Tuvo una vaga idea de que por sus venas circulaba algo salvaje que le infundía miedo.


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