La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —Bueno, pues, cuando se le haya agotado el dinero, ¿de qué demonio va a vivir? Aquà no hay trabajo para las personas decentes. No es posible que viva en compañÃa de los mejicanos. Además, los hombres de Bland le pegarÃan a usted un tiro en cuanto le viesen en los campos. ¿Qué hará usted, pues?
—¡Dios lo sabe! —repitió Duane, desanimado a más no poder—. Haré que el dinero me dure lo más posible y luego, si es preciso, me moriré de hambre.
—Yo soy muy pobre, pero no se morirá usted de hambre mientras me quede algo.
A Duane le llamaron de nuevo la atención aquellos sentimientos humanos y bondadosos que ya observara en el mismo Stevens. Al pensar en los forajidos, el joven no pudo imaginarse nunca que fueran capaces de tales sentimientos, ni de virtud alguna. Para él, como para el mundo en general, no podÃan ser más que hombres en extremo viciosos, desprovistos hasta de la más pequeña virtud que pudiera redimirles.
—Le estoy muy agradecido, Euchre —replicó Duane—. Pero, como comprenderá perfectamente, no quiero vivir con nadie si no puedo pagar mi parte.
—Haga lo que más le guste, amigo —replicó Euchre con acento de buen humor—; usted encárguese de encender el fuego y yo me ocuparé de buscar comida. Tenga en cuenta que ya soy perro viejo y sepa que no existe hombre en el mundo capaz de quitarme el pan.