La Fuerza de la sangre
La Fuerza de la sangre —Pues yo creo que ella no se ha resignado todavÃa y que no ha renunciado aún a ti. Pero ni ella ni los motivos que Cal crea tener para odiarte importan nada. Lo grave es que, cuando Cal está borracho, se apodera de él el deseo de matar a alguien. Es un verdadero matón. Le gusta que la gente le tema. Abundan los cowboys de criminales instintos, deseosos de crearse una reputación de hombres feroces, que no hablan más que de su facilidad en empuñar el revólver. Se esfuerzan en imitar a Bland, a King Fisher, a Hardin y a todos los grandes forajidos. Todos desean unirse a las bandas que pululan a lo largo del RÃo Grande. Se rÃen de las autoridades y no hacen más que soltar bravatas acerca de lo que harán con los guardias rurales. Pero tú puedes tener la seguridad de que Cal no te molestará si te alejas de él.
—¿Me aconsejas que huya? —preguntó Duane con desdén.
—Huir, precisamente, no. Sólo te recomiendo que evites a ese hombre. Por otra parte, Buck, no creo fácil que Cal te venciera, aun cuando te encontrase en el pueblo. Has heredado de tu padre la buena punterÃa y la rapidez en empuñar el revólver. Más bien temo que seas tú quien mates a Bain.
Sin despegar los labios, se esforzó Duane en comprender todo el significado de las suplicantes palabras de su tÃo.