La HeroÃna de Fort Henry
La HeroÃna de Fort Henry —Pues bien. Pronto estaré dispuesta a renovar las lecciones de equitación. He oÃdo hablar del maravilloso salto que diste por el precipicio para atravesar el rÃo huyendo de los indios. Yo quiero oÃrlo de tus propios labios. De todas las historias que he oÃdo desde que llegué a Fuerte Henry, la de tu salto prodigioso para salvarte es la más extraordinaria.
—SÃ, Samuel, ella te molestará tanto como quieras con tu salto y quizá te dé lecciones para saltar precipicios. No me sorprenderÃa nada encontrarla probando de repetir la hazaña —decÃa el coronel Zane—. ¿Has visto el caballito indio que compré para ella a un comerciante de pieles el verano pasado? Pues bien; no obstante ser salvaje como un ciervo, ella lo monta sin domar.
—Otro dÃa te contaré mi salto, Betty —contestó el Mayor sonriendo—. Hoy, tengo que hablar de cosas más importantes con tu hermano.
En realidad algo anormal debÃa ocurrir, porque poco después se retiraron al cuarto-almacén y conversaron largamente en voz baja.
Lydia Boggs, una rubia de dieciocho años, tenÃa los ojos azules. Como Betty, habÃa recibido una educación esmerada y, sobre este particular era superior a las muchachas de la frontera, la mayor parte de las cuales apenas sabÃan arreglar la casa y trabajar el lino.