La Heroína de Fort Henry
La Heroína de Fort Henry Aquella franca y feliz sonrisa no abandonaba nunca, ahora, el rostro bondadoso del coronel Zane; y cuando contemplaba la llegada o la partida de las balsas por el río, cargadas de mercancías, y la vida y la animación que reinaban en la colonia, un destello de orgullosa satisfacción relucía en sus ojos oscuros. La profecía que doce años antes hiciera se veía cumplida; su sueño se había convertido en realidad; aquel salvaje y hermoso lugar en donde él había construido una choza de corteza de abedul y en donde acampó durante medio año sin ver ni un sólo hombre blanco, era ahora el escenario de una floreciente colonia la cual confiaba ver convertida en ciudad prospera antes de sucumbir bajo el peso de los años. Él no había pensado nunca en los miles de acres de aquellos terrenos que un día le harían inmensamente rico; le cabía el honor de haber descubierto aquel hermoso país y de haber vencido todos los obstáculos, y ello era suficiente para hacerle feliz y contento.
—Papá, ¿cuándo seré bastante grande para luchar con los búfalos y con los pieles rojas? —preguntó Noah, dejando sus juegos y saltando a las rodillas de su padre.
—¡Pero, chico! ¿Todavía no has tenido bastantes indios durante estos últimos tiempos?