Lluvia de oro
Lluvia de oro Gale sentíase helado hasta los huesos, llevaba las ropas húmedas y frías. Le dolían las rodillas, heridas por las ponzoñosas espinas, y le era imposible mover la mano derecha, no sabía si por la inflamación o por el entumecimiento. Además, estaba cansado. La excitación, la larga caminata, las millas y millas de traqueteo al trote le tenían derrengado. Mercedes debía de ser de hierro, pensó, para poder resistir cuanto había pasado y seguir a caballo, impasible.
Así, Dick Gale prosiguió su marcha, cada vez más amodorrado, dejando a su caballo la elección del terreno. Al levantar en cierta ocasión la cabeza, en un esfuerzo por combatir su somnolencia, vio que uno de los caballos iba sin jinete. Ladd llevaba a Mercedes. Dick se maravillo de que su fatiga no se hubiera manifestado antes. En otra ocasión, medio despertándose, le pareció que se hallaba en una carretera bien conservada.