Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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Después oyó voces… algunas muy quedas; otras, de un acento profundo, gutural. ¡Eran de indios! ¡Qué salvación tan milagrosa!

—Aún no había llegado mi hora de morir… no estaba preparado… —murmuró.

Los descendentes rayos del sol le advirtieron que era la hora del atardecer. En el rincón de la cabaña había ollas y sacos que antes no estaban allí, y en el suelo veíase una manta india.

Una sombra cruzó los rayos del sol y una muchacha india entró en la cabaña. Su tez era oscura, y su pelo, negro como el azabache. Al advertir que Adán estaba mirándola con ojos muy abiertos, la joven dio un grito y salió corriendo. Afuera oyóse un rápido murmullo de varias voces. A poco entró un hombre alto, un indio vestido con harapientas ropas de blanco. Era viejo; su oscura faz de bronce parecía una máscara arrugada.

—¿Cómo estar? —preguntó, inclinándose sobre Adán y mirándole con ojos penetrantes.

—Muy bien —contestó el joven, tratando de sonreír al advertir que el anciano indio era bondadoso.

—¿Muchacho blanco desear excavar oro… perderse… no tener comida… mucho enfermo vientre? —preguntó el indio poniendo una mano sobre el abdomen hundido de Adán.

—Eso mismo —repuso éste.


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