Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —¡Ah! Yo ser Charley Yim… gran hombre de medicina. Yo curar muchacho blanco. Mordedura serpiente no ser peligrosa… Muchacho blanco mucho enfermo… no haber comido mucho tiempo.
—Eso es, Charley Yim —respondió Adán.
—¡Ah!
Al parecer, esta exclamación del indio significaba «Muy bien». El anciano se dirigió a la puerta, que estaba bloqueada por varios indios de rostros oscuros y pelo negro. Señaló a uno de ellos. Adán vio que era la muchacha que antes habÃa entrado y que ahora se acercaba con timidez. El joven tuvo la impresión de que era ella la que le habÃa salvado.
—Charley Yim, ¿quién me encontró…, quién me salvó de la serpiente?
El viejo indio entendió muy bien a Adán. Rió entre dientes y señaló a la muchacha, pronunciando un nombre que sonaba como «Oella».
—¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo hace, cuántos dÃas? —preguntó.