Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Charley Yim levantó tres dedos y al mismo tiempo despachó a los demás de la cabaña, saliendo tras ellos. Adán se quedó solo con sus confusos pensamientos. No tenía fuerza alguna, y la breve entrevista, con su agitación y el obligado esfuerzo para hablar, le llevó al borde de la inconsciencia. Navegaba en un agitado mar de vagas ideas. Cuando pasó el estado de aturdimiento, el joven notó un dolor sordo en la cabeza y su cuerpo le parecía un saco vacío, aplastado.
Desvaneciéronse los últimos rayos del sol y las sombras de la noche invadieron la cabaña. Un fragante olor de humo de madera y otro familiar y, sin embargo, indefinible, fue causa de que la boca se le hiciera agua y mil alfilerazos le hurgaran el estómago. En la semioscuridad penetró una india en la cabaña y se arrodilló a su lado. Adán distinguió el rostro de la muchacha llamada Oella. Ésta le cubrió con una manta y le obligó con mucha suavidad a levantar un poco la cabeza. El esfuerzo le produjo tanto dolor que se le nubló fa vista y todo parecía dar vueltas en derredor suyo. La india le sostuvo, poniéndele algo, caliente y húmedo entre los labios. Trataba de darle de comer con una cuchara de Dalo. La comida no fe sabía a nada y el tragar le causaba dolor en la garganta. Mas después de tomar algunas cucharadas, el calor y la sensación de humedad le resultó agradable. Despertóse nuevamente el hambre y con avidez tragó el alimento que la india le daba.