Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto Dismukes llevó sus burros hacia el borde del banco en que acampaba Adán, seguramente para acampar él también allÃ, mas cuando vio al joven, vaciló y llamando a los burros con brusca voz, dio la vuelta para marcharse.
—¡Hola, Dismukes! —gritó Adán—. Véngase aquÃ, que hay sitio para los dos.
El minero se detuvo y, volviéndose, preguntó:
—¿Me conoce usted?
—SÃ, le conozco, Dismukes —repuso Adán ofreciéndole la mano.
—Pues… no lo entiendo —dijo el minero estrechándosela.
ParecÃa no haber pasado por él el tiempo; acaso tan sólo su desaliñada barba era un poco más gris. Con sus grandes ojos saltones contempló curiosamente a Adán.
—FÃjese bien. Vea si puede reconocer a un hombre de quien fue usted amigo un dÃa —replicó Adán.
El instante estaba lleno de una penosa y melancólica alusión a la mutación del tiempo. También embargaba a Adán una extraña emoción de alegrÃa. Aquél era el hombre bondadoso que le salvó de una muerte segura y puso en su mente la idea de conquistar el desierto.
Dismukes mostrábase perplejo y un poco avergonzado. Su penetrante mirada era la de un hombre que habÃa sido amigo de muchos y no podÃa recordar.