Los Caminantes del desierto
Los Caminantes del desierto —Wansfeld, deseo que vaya usted al Valle de la Muerte —declaró Dismukes, con calor—. Los ojos de aquella mujer me persiguen. Algo terrible debe de suceder allÃ. Ese hombre que vive con ella, si no está loco, es peor que un gorila… Wansfeld, darÃa cualquier cosa por verle a usted tratar a ese demonio como a Mackue.
—¿Quién sabe?, como suele usted decir —repuso Adán—. Haga ahora ese mapa de los caminos al Valle de la Muerte. Aquà tengo un pequeño cuaderno y un lápiz.
Era curioso ver al minero manejar el lápiz con sus callosas manos. Le costó bastante tiempo tirar unas cuantas lÃneas, hacer unas pocas señales y escribir algunos nombres en el cuaderno. Mas cuando le llegó el turno de explicar los caminos, las sendas, los manantiales, los valles, las montañas… ¡con cuánta elocuencia se expresaba! Todo aquel paÃs estaba dibujado en su mente como si hubiera sido el cóndor de los desiertos, que lo contempla desde las alturas.