Los Caminantes del desierto

Los Caminantes del desierto

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—Ya conoce usted el camino y los alrededores —concluyó Dismukes—. Yo pronto estaré en la Montaña Funeral. Vea, aquí está el riachuelo Hornos, donde penetra en el Valle de la Muerte. Si lo cruza por este sitio llegará usted a las colinas de greda amarilla que están a la derecha. Es un infierno aquella región de colinas, completamente desprovista de vegetación. Creo que hay oro allí y en algún sitio de aquéllos me encontrará.

Parecía convenido que Dismukes y Adán se habían de encontrar en un lugar vagamente indicado, en una época más vaga aún. El desierto no conoce límites. El tiempo, las distancias, los lugares, todo se calcula en relación con la adaptación de los hombres al desierto.

—Bueno, se va haciendo tarde —dijo Dismukes mirando al sol—. Voy a hacer los preparativos para marcharme.

Mientras Adán se dedicó a ordenar el campamento, Dismukes fue en busca de sus burros de carga, con los que volvió a poco. Adán le ayudó entonces a cargarlos.

—Wansfeld, hasta que volvamos a encontrarnos —dijo el minero estrechando su mano.

—Todos los caminos se cruzan en el desierto. Le deseo buena suerte en lo del oro.

—Algún día llegará… Adiós —repuso Dismukes, y se alejó con paso resuelto, precedido por los burros.


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